Hace no mucho tiempo, hicimos un viaje en carretera de aproximadamente 2600 kilómetros, según el cálculo de la computadora del auto. 

Estuvimos sumergidos en la rutina de la pandemia, cuidándonos, manteniendo encerrada a nuestra hija y completando el esquema de vacunación. Cabe mencionar que teníamos más de cuatro años sin podernos tomar un periodo vacacional decente.

Era el momento perfecto de reunirnos en Coahuila, con mi familia política.

Decidimos mi esposa y yo, hacer este viaje.

Con mucha emoción, planeamos las paradas, dividiendo el viaje en trayectos menores a 4 horas, porque cuando la discapacidad va empacada en la cajuela, debes tomar en cuenta varias cosas. Lo hemos ido aprendiendo a lo largo de estos siete años. 

“No vayas a olvidar las medicinas, la silla de ruedas y sobre todo las ganas de divertirte”

Aprendes a distinguir entre la persona y la enfermedad, ya que si lidiara a todas horas con la enfermedad que ha arrestado el crecimiento físico y mental de mi hija, ya me hubiera rendido. La maravilla reside en ver más allá de las convulsiones y limitaciones donde se encuentra el mayor tesoro; las sonrisas, la emoción de meterse a la alberca, esas miradas de lo que llamo el amor más puro e inocente.

Hoy sentado en mi escritorio, sumergido en la rutina del trabajo y los desvelos propios de la profesión médica reflexiono acerca de nuestro viaje de 10 días, que en mi mente será eterno, porque pude ver a mi familia feliz y hoy veo a mi hija crecer en su espíritu. 

Autor: Juan Pedro Martínez

Foto: