La realidad es que todo comenzó como un escape del encierro provocado por la pandemia: mis amigos y yo queríamos una bocanada de aire fresco (además de un poco de dinámica social que había sido cortada de tajo por el miedo a contraer el virus); fuimos a La Cueva de Las Iglesias, cerca de León Guzmán, destino ya conocido en La Laguna (Coahuila, México)por los que practican senderismo y trail-running


Tardamos alrededor de una hora en subir desde la base. Yo fui el más lento. Incluso volví el estómago y me temblaban las piernas por el esfuerzo. Aquel día, abrí los ojos a lo mal que estaba mi cuerpo y lo mucho que lo había descuidado. Sin embargo, ese día también me di cuenta que había descubierto un amor como pocos, uno que involucraba la naturaleza, el superarme a mi mismo, vencer miedos y la compañía de personas increíbles que me han enseñado muchísimo; me enamoré.

Comencé a ir una vez por semana al Helipuerto, acá en Torreón, Coahuila. No solo los efectos del ejercicio se empezaron a notar en lo que se puede ver, sino que a su vez mi estado anímico y mental mejoraron de manera considerable; bien dice el dicho: “mente sana en cuerpo sano”.

 Dado que había mejorado mi condición física y a que necesitaba un nuevo respiro, decidí que era tiempo de un reto, uno que implicara salir de mi zona de confort y subí mi primer alta montaña en Abril de este año. (2021)


El Pico de Orizaba* sonaba aterrador, imposible e incluso un peligro a mi vida a todos los que compartí que iba a realizar esta experiencia; no mentiré, estaba aterrado, pensé que sería imposible y por supuesto que en momentos temí por mi vida. Incluso, a medianoche a punto de empezar el ascenso, mi cuerpo temblando por el frío y con miedo a tener una crisis por no haber dormido bien (la emoción, supongo) pensé en decirle al guía que no iba a subir. 

Hoy, agradezco infinitamente el no haberlo hecho. Confié en mi y, como todo en la vida, paso a paso y sin prisa pero tampoco con lentitud, encumbré con un tiempo de 8 horas y 36 minutos.

Me gustaría decirles a todas esas personas que como yo, somos bendecidos con esta condición que a pesar de ser un camino difícil, donde hay ocasiones en las que uno no puede confiar ni siquiera en su propio cuerpo por miedo a perder el control, que todos en el camino de la VIDA, venimos con lecciones para aprender. Una de esas lecciones, al menos en mi caso, y creo que para todos los que tenemos epilepsia, es la de confiar en nuestro cuerpo y conocerlo. En mi caso, que tengo Epilepsia Mioclónica Juvenil, me sirvió bastante leer acerca de lo que desencadena las crisis y la forma de prevenirlas.

No se puede amar lo que no se conoce. Hay que ser disciplinados, tercos y constantes con el uso de nuestros medicamentos, terapias, ejercicios o cualquier actividad que te ayude a sentirte mejor y a mantener las convulsiones en un rango bajo, sino es que nulo. 

Si algo he aprendido, es que la epilepsia más que un límite a romper o una barrera que te impide realizar ciertas actividades, es una compañera. Una que te indica e invita a caminos mucho más amenos, prolíficos y maravillosos llenos de lecciones muy profundas de amor propio y hacia el prójimo. El secreto está en (como vi el otro día en un video), aceptar las dificultades de la vida como un regalo.

Eso es la epilepsia para mi: un regalo bellísimo.

  Próximamente estaré participando en la carrera AMENA Trail Run en la modalidad de 30 km como preparación para el Ultra Machu Picchu Trail del próximo año en Perú; me siento muy feliz de poder estar cumpliendo sueños a mis 26 años, como el de visitar países con una cultura tan rica y hermosa como lo son las tierras quechuas mientras hago una de las actividades que amo.

Autor: Carlos Iván Arellano Jacob  

*Con sus 5,747 metros sobre el nivel del mar, el Pico de Orizaba es la montaña de máxima altura en México.